Hace unos meses Pérez-Reverte hablaba sobre su gusto de no dejar rastro en los libros que pueblan su biblioteca. Nada de marcas, ex libris ni tickets de metro marcando páginas.
Hoy estuve en la biblioteca municipal de mi pueblo, dando una vuelta, viendo la nueva disposición de sus fondos y hojeando algunos de los libros que leí hace tiempo. Busqué la autobiografía de Bertrand Russell para releer un poco del primer volumen y recordar aquellas impresiones que el viejo filósofo había tenido de su especial infancia. En uno de los volúmenes, creo que el segundo, me topé con un papel a modo de marcapáginas y cuál fue mi sorpresa al descubrir que se trataba de un billete de tren (de cremallera, en Los Alpes, 79 Fr, Aller-Retour) que hace 7 u 8 años yo dejé allí.
No son muchas las salidas que ese libro tuvo en estos años, pero sí algunas. Me sorprendió toparme de nuevo con ese pedacito de mi vida.
Ahora dudo de si dejarlo allí, traerlo a casa, o depositarlo en el contenedor azul…
Eso sí, Russell sigue sin decepcionar.
Notas al capítulo homónimo del libro de Alain de Botton, El Arte de Viajar.
Es Thanksgiven day, SFO, aeropuerto internacional de San Francisco. Son las diez de la noche más familiar de la tradición norteamericana. Detesto el check-in, sobre todo en inglés…
Me encantan las paradas cuando conduzco, pero esta asepsia… Es curioso, las aires de las autopistas francesas están hechas con molde, tres o cuatro tipos repetidos por toda Francia, pero tienen más personalidad que los aeropuertos, obras de grandes arquitectos.
Un área de descanso está proyectada para desconectar momentáneamente de la conducción, para reposar de la paliza de ir sentado en un coche durante horas. Repostar combustible, mear o tomar un café que nos mantenga despiertos; en ese sentido cumplen con su propósito, están bien diseñadas. Algunas son hasta acogedoras. Tendría que haber apuntado todas las que utilicé…
Son un lugar de tránsito por excelencia, stop & go puto y duro. Sólo los camioneros y los viajeros que no necesitan un hotel para dormir bien están allí más tiempo de lo normal.
En los aeropuertos sólo esperas. Haces cola para facturar, para pasar el arco que siempre pita o para embarcar… Esperas para subir a bordo, esperas para despegar viendo como a los de primera les sirven un whisky y esperas para recoger el equipaje… Luego ya sólo queda esperar el siguiente vuelo.
Vuelvo de un viaje por carretera y paro en una de las áreas de servicio “a la española” la Red de Carreteras del Estado. Mientras espero a que el té deje de ser peligroso para mi faringe echo un vistazo al colorido comedor y a la tienda de esta cafetería-restaurante-tienda-gasolinera. Entre los libros me topo con uno de un autor español y después de leer el resumen decido que me lo voy a comprar, pero no aquí, sino en mi librería habitual, Cantón4.
Confío en mi memoria y al día siguiente ante las dueñas de la librería me doy cuenta de mi error… “… se titulaba…algo de cuentos… y luego el nombre de un club de carretera”, “ … de Millás, creo…” “ …va sobre un poli y unas cubanas…” “… a lo mejor era Benet…”.
Vaya, que con esas pistas ni San Google consigue darnos un título.
Al día siguiente tengo que pasar por otra de estas áreas de descanso y repostaje de la misma marca. Entro fugazmente y me dirijo ante la mirada de dos camareros directo a los libros expuestos. Canciones de Lolita´s Club, de Juan Marsé. No acertaba ni el reintegro…
Salgo por otra puerta y mientras arranco el coche me doy cuenta de las ventajas que tiene – algunas veces – esto de la estandarización.