No deja de sorprenderme cuánta gente hay con sensibilidad, habilidades y buen gusto repartida por el mundo. Con algo tan sencillo como el teclado se inventa un mundo… chapeau.
Después de ver en el cine Gattaca tuve una sensación que hoy recuerdo difusamente como de alerta. Poco se hablaba, y menos sabíamos, de los usos que el conocimiento sobre nuestra genética podría crear. Años después, ver esta película confirma aquella idea, la sitúa en el mismo territorio que ocuparon Un mundo Feliz o 1984 en sus momentos. Pero hoy prefiero escribir sobre algo menos profundo, o quizá no. Sobre sillas, mis amadas sillas y sillones. Sobre las sillas de Gattaca y de cómo el diseño, el bueno, es atemporal.
Las creadores de Gattaca tenían un reto interesante, crear una estética de ese futuro eugenésico, acorde con las normas sociales que delimitan la sociedad genética de la película. Y allí aparecen las sillas de Mies van der Rohe, unas sillas diseñadas en 1929 como mobiliario del pabellón alemán en la exposición universal de Barcelona. Hay otros objetos, como sillas de tubo de acero, pero quedémonos con el almohadillado de esa silla y su anexo reposapies. Fukasawa cree que el diseño no puede ser innovador y eterno a la vez, por pura contradicción terminológica, que el buen diseño es el sencillo, el que se adapta a la vida naturalmente y no cansa. Lo rompedor, en diseño, no nace para perdurar. Es por eso que a mí me gustaría haber charlado con los abuelos que presenciaron aquella muestra de Barcelona y me contaran que impresión causó en ellos aquel mobiliario. Encontrar qué es lo que hace que la silla Barcelona haya servido para que Alfonso XIII se sentase en el primer tercio del siglo XX, para que ilustre un mundo futuro en Gattaca y para que siga en los escaparates de las mueblerías en los comienzos del siglo XXI.
Comenta Óscar Tusquets, en su libro Más que discutible, que cuando le preguntan – como diseñador que es – sobre si la estética debe primar a la función en el diseño de objetos, él siempre responde que esta disyuntiva no existe, que en un objeto útil la estética es indisociable de su uso. Traigo las palabras de Tusquets a propósito de la exposición que la Fundación Barrié de la Maza ha traído a Galicia desde septiembre del pasado 2006, Diseño Escandinavo. Más allá del mito. Todo tipo de objetos desde aspiradores a cubiertos, pasando por vestimentas y lámparas. Y sillas, claro. Con Verner Panton como representante de la sencillez que caracteriza a este diseño. Hace unos años ya pasó por la Barrié una retrospectiva de este diseñador. Si algo me gustó de aquella exposición es que uno podía sentarse en un mueble Panton y entender el diseño. Los asientos con curvas psicodélicas que uno no es capaz de imaginar adaptadas a su anatomía hasta que se sienta y descubre el trabajo del diseñador. Decir que una silla es bonita sin sentarse en ella es menospreciar el trabajo de la mente que la proyectó. Y está muy cerca de ese esnobismo que puebla las fundaciones, galerías y demás instituciones… En la silla hay que sentarse, la cuchara hay que tomarla en la mano y un salero tiene que dosificar la sal correctamente. Si no, sólo son objetos decorativos. Las sillas de Panton se siguen fabricando, a un precio ridículo – para los presupuestos de una de estas fundaciones –, por qué no comprar unas cuantas en vez de mostrar una intocable como si fuera una tela de Velázquez. La idea del original es contraria al diseño industrial. Utilicemos los objetos, si no una exposición no es más que un libro. Un catálogo con bonitas fotos. Por suerte, para esta muestra han recuperado una habitación Panton (un Phantasy Landscape, en la foto), un conjunto de formas y colores que elevan el concepto de tumbarse a descansar a la categoría de arte.
Y es que Panton entendió la idea de la siesta como si hubiera nacido en el Mediterráneo.