La posibilidad de una isla.
Hace poco lei La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq. Hace ya tiempo que el libro anda por las librerías españolas y hasta cuenta con una traducción al gallego, más cara que sus hermanas catalana y castellana (así se fomenta la lectura nesta, a nosa terra). Pero eso son otros temas… Las críticas ya fueron publicadas en su día, hay de todo, navegue el lector en busca de ellas si gusta, como ejemplo esta, de Agapito Maestre, que a mi juicio no dice tonterías, lo cual es ya suficiente.
Partamos de que a mí me gustan las novelas de monsieur Michel, hasta con Lanzarote disfruté, y dejando las pretensiones del crítico a un lado, les cuento porque la recomiendo. Con esta su última novela por el momento me movió los intestinos de nuevo. Eso ya es algo. Pero sirva también de advertencia ese gesto gástrico, Houellebecq no se anda por las ramas, retrata la España de principios del s. XXI desde la mirada del guiri que ya demolió su sociedad, que le repudió, y viene a ver la puesta de sol con el bolsillo lleno de euros, pero de paso ve los desechos morales que acompañan la bonanza económica. No sólo es España, es toda la sociedad europea, occidental, la que se puede ver, no reflejada, descrita desde dentro. Reflejado se puede ver el lector honesto; el que sólo ve los documentales de La 2, no se sentirá descrito.
Es lo que hay. Es pesimista, claro. El triunfo del relativismo moral en manos de analfabetos no deja otra postura al lúcido. Pero es el tiempo de novelas así, porque las monografías de los doctos sociólogos son a toro pasado, cuando todos son valientes.
Pero hay rendijas. Queda la esperanza, allá cada cual con la idea, la persona o el lugar en donde la deposite. Y queda el amor. Y para otros las religiones.Y para los más geeks, queda esta reflexión que Daniel 25, un clon del protagonista de la obra que vive hacia el año 4.000, hace a raíz de su encuentro con una cámara de fotos Rolleiflex:
“… medité algún tiempo sobre la gracia, y sobre el olvido; sobre lo mejor que había tenido la humanidad: su ingenio tecnológico. Ya no quedaba nada de aquellas producciones literarias y artísticas de las que la humanidad se había enorgullecido tanto; los temas que los originaron habían perdido toda su pertinencia; su capacidad de conmover se había evaporado. Nada quedaba tampoco de aquellos sistemas filosóficos o teológicos por los que los hombres se habían enfrentado, a veces habían muerto, con más frecuencia se habían dejado matar; todo eso no suscitaba el menor eco en un neohumano; no veíamos en ello sino las divagaciones arbitrarias de mentes limitadas, confusas, incapaces de producir el menos concepto preciso o simplemente utilizable. Las producciones tecnológicas del hombre, en cambio, todavía podían inspirarnos respeto: era en ese ámbito donde el ser humano había dado lo me jor de sí mismo…”
¿Quién quiere vivir para siempre?¿ Quién está dispuesto a no sentir dolor pagando el precio de no conocer otra piel?
